
Prometeo a los 50: romper las cadenas del impostor
Me encanta la historia, es una de las pasiones que comparto con mi tía, que fue profesora de esta asignatura antes de jubilarse. Desde pequeña me ha llevado con ella a iglesias, museos o exposiciones, y me gusta cómo une y pone en contexto los cuadros y las esculturas con el entorno social y religioso en el que se realizaron. Allá por 2014 me animó a acompañarla a visitar en el Prado la exposición "Las Furias", que analizaba la representación de personajes de la mitología clásica castigados eternamente por desafiar a los dioses.
Recuerdo que ante el cuadro de Rubens "Prometeo encadenado" nos detuvimos un poco más. Representa al titán que, por entregar el fuego a la humanidad, fue castigado por Zeus con un tormento eterno: encadenado a una roca, un águila le devora el hígado una y otra vez. Rubens lo retrata retorcido de dolor, atrapado en un castigo sin fin.
Prometeo, como titán del pensamiento previsor sabía que sería liberado por Hércules, y eso le daba sentido a su castigo. Mientras escuchaba la historia, me fijé en la delgada cadena que lo ataba y, de pronto, vi en ella una poderosa metáfora de cómo me sentía en ese momento: suavemente encadenada a mi situación profesional.
El 2014 fue un año de transformación para el sector de las Telecomunicaciones en España, no solo a nivel tecnológico y regulatorio, también a nivel económico. Se estaba fraguando la compra de ONO por Vodafone y se rumoreaba la posibilidad de que Jazztel u Orange compraran a Yoigo para reforzar su presencia en el mercado móvil. Estos movimientos tenían mi entorno laboral en plena ebullición. Muchos de mis compañeros habían empezado a materializar lo que llamaban “plan B“, con diferentes opciones alternativas profesionales ante la inminente llegada de otro expediente regulatorio que en el pasado había ofrecido atractivas salidas de la empresa.
Sin embargo, yo los oía y no entendía esa necesidad de abandonar nuestras actuales posiciones. Me sentía dulcemente atrapada con mi trabajo de marketing de productos, totalmente alineada con la estrategia y los valores de la multinacional francesa. Esa sensación de pertenencia me tenía totalmente inmovilizada ante cualquier alternativa que implicara dejar la compañía. Mi corazón había pasado del verde al naranja, sin ninguna duda.
Creo que también fue en esa época cuando se empezó a hablar de empoderamiento femenino y de las cuotas. Recuerdo las conversaciones con mis compañeras de carrera, donde una de ellas decía, medio en broma medio en serio, que iba a solicitar de nuevo el título oficial, pues en el actual figuraba “ingeniero” y ya se nos reconocía como “ingenieras”. Aunque las palabras importan, nunca me había molestado definirme como “Ingeniero de Telecomunicaciones”.
Pasaron los años, y la historia de Prometeo volvió a mí en un contexto inesperado, alrededor de ese empoderamiento femenino. Fue en una charla sobre reinvención profesional, la que me había tocado vivir de forma no voluntaria. Esta vez el relato tenía un matiz un poquito diferente, pero muy poderoso. El síndrome del impostor.
Prometeo se presentaba como un ser que entrega a la humanidad el fuego del conocimiento, transformando el mundo, pero que, en lugar de celebrarlo, se condena a sí mismo a un castigo eterno. Su figura encarna al innovador brillante que duda de su legitimidad, que siente que ha ido demasiado lejos, que ha transgredido un límite. Encadenado no solo por Zeus, sino por su propia culpa, Prometeo representa al que da mucho, pero no se reconoce merecedor de un premio. Solo con la llegada de Hércules llega la redención: alguien externo valida su valor y rompe las cadenas de su autocastigo. En esa charla nos presentaban a las mujeres como ejemplo de personas que se sienten impostoras especialmente en el entorno laboral.
Con el tiempo, entendí que ese sentimiento no es exclusivo del género. El síndrome del impostor puede adoptar nuevas formas en otras etapas de la vida profesional.
Este año he tenido la suerte de ser pionera en el programa Talento 50+ del COIT y, arropados por el grupo, hemos compartido abiertamente nuestras carreras y nuestro momento profesional actual. Sin máscaras. A corazón abierto. Todos en activo, con ganas de seguir aportando a la sociedad, pero con el miedo de ser apartados en algún momento del mercado laboral. En un contexto en el que la esperanza de vida sobrepasa los 80 años y se alargan los años necesarios a seguir cotizando. Casi todos empezamos a trabajar en media a los 25 años tras completar nuestra formación y vemos un techo de cristal en los 50. Muchos hemos sido padres tardíos y tenemos hijos adolescentes a los que queremos brindarles las oportunidades que tuvimos nosotros. Y ahora veo la metáfora de Prometeo, pero no como una cuestión de género, sino que lo relaciono con el hecho de haber cumplido ya 50 y estar en un sector como el tecnológico, donde además hemos contribuido en primera persona a que los cambios sean cada vez más rápidos y trepidantes gracias a nuestros descubrimientos. Y me pregunto, “¿no estaremos experimentando nosotros también el síndrome del impostor?”
Este fenómeno puede adquirir formas muy concretas que creo que sí he visto a mi alrededor:
- Autoexclusión impuesta, por creer que "ya no toca", que "ya hemos hecho todo lo que teníamos que hacer". Esto puede ser por miedo a fallar o por compararse con generaciones más jóvenes. Muchos de nosotros no nos ofrecemos a proyectos interesantes o no postulamos a promociones pensando que no vamos a lograr estar a la altura de los candidatos.
- Exclusión activa:muchos profesionales se encuentran en un puesto y una posición laboral relativamente cómoda a nivel salarial, pero observan que ya no cuentan con ellos de forma activa. Poco a poco va produciéndose una especie de aislamiento profesional y social dentro del equipo. Te excluyen de reuniones, decisiones o proyectos, de forma progresiva. Y resignados, se conforman silenciosamente esperando que llegue Hércules en forma de prejubilación o jubilación.
- Sensación constante de no estar a la altura de lo demandado, con dudas sobre la capacidad de adaptarse, miedo a reinventarse y presión ante un entorno en constante cambio.
- Reconocimiento insuficiente, cuando la experiencia acumulada pierde visibilidad e importancia frente a la novedad.
A todo esto, se suma un edadismo sutil, que transmite el mensaje de que la innovación solo puede venir de los jóvenes: se asume que solo las nuevas generaciones entienden las tecnologías y tendencias emergentes, solo ellos tienen energía y pasión para seguir aportando.
Pero como en todos los mitos, también hay espacio para reinterpretar la historia. La forma de romper esas cadenas pasa por:
- Construir redes de confianza, compartiendo experiencias con otras personas en situaciones similares. Encontrarse en los relatos ajenos ayuda a dejar de sentir que estamos solos. Las redes de contacto, formales e informales, no solo abren oportunidades: también sostienen y empoderan. Es más que nunca necesario el networking, pero el auténtico.
- Cambiar la autocrítica por evidencia real, anotando logros, aprendizajes y aportes concretos. A veces, basta releer nuestros propios pasos y compartirlos con compañeros para desmontar nuestra voz interior que duda de todo.
- Reescribir nuestra narrativa profesional, redefiniendo el concepto del éxito. Reconociendo que el mismo no depende solo del talento o la suerte, sino también de la experiencia acumulada y el esfuerzo sostenido.
- Estar dispuesto a aprender de forma continua, entendiendo que la capacidad de adaptación no caduca, y que es posible seguir creciendo es posible en cualquier etapa. Que es posible equivocarse al tomar un rumbo distinto, pero que los errores son una fuente preciosa de aprendizaje.
El recuerdo de esta visita al Prado con mi familia me recordó que las imágenes poderosas pueden quedarse a vivir con nosotros y acompañarnos de muy diferentes formas a lo largo de nuestra vida. Hoy, cuando alguien me habla de esa sensación de no estar a la altura, pienso en Prometeo. Pero también pienso en cómo cambian las cadenas que nos inmovilizan a lo largo de nuestra historia, y que tenemos la posibilidad, a cualquier edad, de liberarnos de ellas. En este momento de mi vida, creo firmemente que la experiencia, el criterio y la curiosidad por seguir aprendiendo no son reliquias del pasado. Son fuego. Y como Prometeo, podemos seguir entregándolo a la sociedad. Y como siempre he querido ser el arquitecto de mi propia vida, no debemos esperar a un Hércules que rompa nuestras cadenas: podemos ser nosotros mismos quienes nos liberemos.
Finalizo con una frase preciosa a la que acudo muchas veces, del papa Francisco: “Corramos con constancia la carrera que nos toca.” Hoy entiendo esas palabras como una invitación a confiar en nuestro propio paso, a perseverar y a no rendirnos ante las cadenas invisibles que a veces nos impone la mirada ajena… o la propia.